Se dice bajito o no se dice, porque se
supone que la felicidad que trae un hijo no da cabida a este tipo de
sentimientos, pero lo cierto es que la soledad es compañera de la maternidad. Y
aunque nadie lo cuenta, mucho menos cuando estamos embarazadas; en algún
momento después de ese encuentro inicial con nuestro bebé, una especie de
desolación, hasta ahora desconocida, nos toma por sorpresa: "¿Cómo me voy
a sentir sola si acabo de traer un nuevo ser al mundo?" o "¿Cómo me
voy a sentir sola si paso buena parte de mis 24 horas acompañada por una
personita de tres años?" Una ironía, si se mira de lejos.
Basta con fijarnos en la cantidad de blogs o cuentas en redes sociales dedicados a la maternidad –incluida esta columna– para inferir que si estos espacios existen es porque hay una vacío. No en vano, en 2009, una encuesta on-line realizada a 1.321 madres en Estados Unidos arrojó que 80 % cree que no tiene suficientes amigos, 58 % se siente sola y 67 % de esas tienen hijos entre 0 y 5 años. Para más señas, los grupos más concurridos en Meetup (una red social que facilita el encuentro presencial de personas con intereses similares) son aquellos conformados por mamás.
Y si bien los hijos son motivo de felicidad, la maternidad, sobre todo en los primeros años, es algo solitaria. Esto es así en especial para aquellas que han decidido dedicarse al hogar o que trabajamos desde casa y que además de pasar el día atendiendo las continuas demandas de los niños tenemos poco contacto con otros adultos. Sin embargo, quienes tienen horario de oficina, con frecuencia suelen sentirse marginadas por jefes o compañeros extra demandantes que no entienden su nueva realidad. En ambos casos reunirnos con amigas –inclusive mamás– suele ser complicado por razones logísticas (salir con un bebé requiere planificación), de tiempo (obligaciones pendientes) o de intereses (la rutina de una madre variará además de acuerdo a la edad del hijo).
Aunado a todo esto está el hecho innegable de que los espacios públicos, por razones de seguridad u otras, han sido suplantados en buena medida por otros virtuales, que aunque importantes, carecen de la cercanía del contacto humano. Por ejemplo, si estamos en un parque y nos topamos con otra mamá, podemos compartir mientras los niños juegan, así ambas tenemos un respiro, cosa que es complicado hacer frente a una computadora.
Así mismo, en otros tiempos la familia extendida estaba más presente: tías, abuelas, primas, hermanas se ayudaban mutuamente. Pero no solo las familias se han vuelto menos numerosas (o han sido separadas por fenómenos migratorios), sino que al retrasar la edad en que tenemos hijos, la salud o calidad de aquellos que en un momento podrían habernos acompañado, probablemente se ha visto comprometida.
Pero más allá de todas estas razones de índole sociológico, existe otra, de carácter emocional que es para mi fundamental: el peso que viene con la responsabilidad de proteger, nutrir, criar y educar a un nuevo ser. Y cuando escribo "peso" no lo hago con una connotación negativa, sino me refiero al espacio que ocupan los pensamientos sobre ese hijo en nuestra vida. Aunque estemos en el trabajo, o de paseo, o con otras personas, siempre habrá una parte del cerebro que se estará preguntando, "¿Estará bien? ¿Habrá comido? ¿ Le haré falta?" Y no estar completamente presente en el momento que se vive acentúa la soledad.
Aunque no es algo para lo que existe una solución fácil o inmediata confío en que a medida que los hijos crezcan, avancemos en el camino de la maternidad y seamos más conscientes de nuestras relaciones y experiencias podremos sentirnos más "conectadas" con el mundo.
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